que los gritos de angustia del hombre los ahogan con cuentos,
que el llanto del hombre lo taponan con cuentos,
que los huesos del hombre los entierran con cuentos,
y que el miedo del hombre...
ha inventado todos los cuentos.
Yo no sé muchas cosas, es verdad,
pero me han dormido con todos los cuentos...
y sé todos los cuentos.
León Felipe, Llamadme
publicano,(1950).
Todo empieza con una imagen; la
más importante es la palabra, imagen fónica y mental. Estamos ligados a las
ideas que son proyectadas por las imágenes percibidas. Las historias son
imágenes complejas que contienen grandes pedazos de vida.
Entiendo por imagen cualquier
proyección de la realidad que puede ser captada por un elemento receptor y me
atrevo a afirmar que toda imagen es un relato parcial e ilusorio de la realidad
a la que hace referencia. Sin embargo, resulta más que destacable la capacidad que tiene hoy la ciencia (forense o paleontológica, por ejemplo) para leer en
imágenes mínimas o en vestigios microscópicos historias del pasado, identidades
de asesinos, datación de hechos, causas de una muerte, etc. Podemos “saber” qué
comían los Neandertales, cómo vivía el homo ergaster, de qué murió “Miguelón”,
el del famoso cráneo descubierto en Atapuerca, incluso con qué sufrimiento y a
qué edad. He puesto “saber” entre comillas, porque tenemos muchas más
conjeturas e hipótesis que certezas, pero esto mismo nos pasa con la historia
reciente y con la propia realidad que vivimos día a día. Todavía discutimos
sobre hechos históricos recientes y no nos ponemos de acuerdo, por ejemplo,
sobre el número de muertos que hubo en la Guerra Civil española. Aun sabiendo
que no podemos tener jamás una cifra exacta, ni siquiera nos ponemos de acuerdo
en cifras aproximadas.
¿Por qué? Pues porque la realidad
no es reductible a imágenes que la representen objetiva y totalmente en ningún
caso. Solo podemos reflejarla en visiones parciales, reduccionistas y
abstractas que nos acerquen a ella de la mejor manera posible para nuestros
intereses: hacer historia, hacer justicia, curar enfermedades, predecir
catástrofes (piénsese en las predicciones meteorológicas), fabricar máquinas,
etc.
Una vez más en este blog reproduzco aquí la
imagen de Edward H. Adelson que muestra cómo nuestra mente interpreta la realidad de
acuerdo a unos parámetros previos y que confirma la famosa frase del Talmud: no
vemos las cosas como son sino como somos.
Existen muchas respuestas para
explicar por qué vemos como distintas las casillas A y B del tablero cuando en
realidad tienen el mismo tono y color, pero la respuesta más sencilla es que
las vemos distintas porque sabemos lo que es un tablero de ajedrez o de damas.
Es decir, las percibimos como distintas porque nuestra mente ha sido preparada
por la experiencia para verlas distintas. Prueba de ello es la siguiente
imagen, manipulada por mí, en la que ya no las vemos distintas, a pesar de no
haberse modificado respecto a la de arriba. Solo manipulé algunas de las adyacentes para destruir la
idea de tablero de juego.
Si algún lector no me cree, que
pruebe a imprimir la fotografía de arriba y la de abajo, que agujeree las casillas
A y B de la segunda y que la ponga encima de la otra haciendo coincidir los huecos con las casillas A y B de abajo.
La primera historia que
contamos
Pongámonos en el lugar de
cualquier persona que se levanta por la mañana y tiene que ir al trabajo, al
colegio, a la universidad, a pasear, a hacer deporte, etc. Debe tomar unas
cuantas decisiones conectadas con otras de los días anteriores: corte de pelo o
pelo largo, en este segundo caso peinado, despeinado, lavado, con rastas,
trenzas, lazo…; vestimenta (color, aspecto; ceñida u holgada; zapatos, afeitado
o depilado, etc.) Podemos pensar en las infinitas variantes posibles según la
persona, su carácter, el contexto en el que se prepara y al que se dirige. Pues
bien, el aspecto que tenga una persona al salir de su casa es la primera
historia que quiere contar al relacionarse con los demás. Incluso puede haber
aspectos que buscan establecer el mínimo contacto posible con el prójimo, ahuyentar a los demás, pero
el aspecto cuenta una historia de las personas, que será interpretada de forma
subjetiva por las demás. Machado presumía de su "torpe aliño indumentario" y ese
descuido era parte de su historia, coherente con su estética literaria posterior
al modernismo.
Es decir: que una imagen, más o
menos deliberada (me refiero ahora a cualquier imagen existente) cuenta una
historia. Incluso las imágenes producidas involuntariamente (síntomas o
indicios) cuentan historias, interpretables gracias a la experiencia y al
conocimiento: huellas, residuos, manchas, desperfectos…
Todas estas historias nos sirven
para establecer puentes o barreras con los demás. La manera de vestir y
peinarse está de alguna manera en consonancia con la gente con la que nos relacionamos
y con la que queremos que se relacione o no con nosotros.
Pero los humanos somos todo
historias a la hora de relacionarnos. Cuando conocemos a alguien, observamos muy
bien qué nos dice, de qué nos habla y cómo nos cuenta “su historia”; y de
ello depende que nos interesemos por una persona, que nos sea indiferente o
incluso que la esquivemos. Hace poco tiempo me encontré a un antiguo compañero,
muy avejentado, al que solía saludar y poco más porque no me caía especialmente
bien. Me saludó, y en una debilidad mía, quizás debida a su imagen deteriorada, me paré a
hablar con él. Me intentó colocar una de sus palizas habituales que yo no
recordaba y me apresuré a despedirme con una excusa, dejándolo con la palabra
en la boca. Siempre que lo he vuelto a ver he cambiado de acera o huido despavorido.
Podemos decir, como está de moda ahora,
que “somos las historias que contamos”. Es una afirmación relativamente cierta,
porque, aunque la imagen que damos con las historias forma parte de nuestro
ser, esta imagen es, como todas, incompleta y falsa; más falsa cuanto más se
aleja de nuestros actos, que también son recogidos en imágenes y que
complementan estupendamente las historias que narramos para, juntos, proyectar
una idea de nosotros más o menos verosímil.
Las dos fotografías de la página
anterior son por una parte relatos y también parte de un relato, este ensayo,
en el que trato de explicar mi forma de entender lo humano a partir de las
relaciones interpersonales que se producen a través del intercambio de
historias.
Existen estudios antropológicos
que confirman esta hipótesis de que las historias que contamos son lo más importante para nosotros y para la comunidad. Destaco el titulado Cooperation and the evolution
of hunter-gatherer storytelling, del año 2017, de varios autores, que
apuntan claramente en este sentido ya en las sociedades más primitivas. La
función de los relatos no es solo transmitir valores, enseñanzas o mitos, sino
también la de servir de elementos aglutinantes para crear un espíritu social.
Este grupo de autores, liderado
por Andrea Bamberg Migliano del University College de Londres, nos habla sobre
la costumbre ancestral de narrar historias:
Según este equipo de
antropólogos, para que un grupo humano coopere, no solamente hay que resolver
el problema de cómo penalizar a los que no cooperan y se aprovechan de quienes
sí lo hacen (lo que en inglés se denomina el problema del free-rider). También
haría falta que los miembros del grupo compartan el conocimiento acerca del
comportamiento de los demás; en otras palabras, no sería suficiente con saber
cómo actuar en una situación dada, sino que los miembros del grupo necesitan
saber que los demás también saben cómo actuar. Es lo que los autores del
trabajo denominan metaconocimiento. En ese contexto, el lenguaje es esencial,
por supuesto, como medio de comunicación, pero además del lenguaje es necesario
que los miembros del grupo compartan normas y formas de actuación con los
demás, y que lo sepan. Y para ello, -sostienen- las historias pueden ser
instrumentos muy importantes. (Citado por Pérez, 2018)
Cuando una colectividad reúne un
conjunto potente de narraciones y crea una serie de mitos comunes (a veces en
torno a narraciones épicas concretas) está terminando de construir su “unidad
patria”. Elijo estos últimos términos por su carácter expresivo exterior y por
reflejar ambos los conceptos básicos que estamos manejando: cooperación e
historia. “Unidad” es cohesión y cooperación, “patria” es historia común, árbol
genealógico.
Como dice Yuval Noah Harari,
Cualquier cooperación humana a
gran escala (ya sea un estado moderno, una iglesia medieval, una ciudad antigua
o una tribu arcaica) está establecida sobre mitos comunes que solo existen en
la imaginación colectiva de la gente. Las iglesias se basan en mitos religiosos
comunes. Dos católicos que no se conozcan de nada pueden, no obstante,
participar juntos en una cruzada o aportar fondos para construir un hospital,
porque ambos creen que Dios se hizo carne humana y accedió a ser crucificado
para redimir nuestros pecados. Los estados se fundamentan en mitos nacionales
comunes. Dos serbios que nunca se hayan visto antes pueden arriesgar su vida
para salvar el uno al otro porque ambos creen en la existencia de la nación
serbia, en la patria serbia y en la bandera serbia. Los sistemas judiciales se
sostienen sobre mitos legales comunes. Sin embargo, dos abogados que no se
conocen de nada pueden combinar sus esfuerzos para defender a un completo
extraño porque todos creen en la existencia de leyes, justicia, derechos
humanos… y en el dinero que se desembolsa en sus honorarios. (Harari 2016, 65)
Pero no solo los mitos e
historias comunes nos unen; también lo hacen los lugares comunes (tópicos) y las formas
de educación e interacción sirven para crear vínculos entre las personas a
partir de la historia que cuentan al usarlos. La forma de contestar al “¿Qué
tal estás?” también cuenta una historia de ti. Mucho más todavía cuenta de ti el
cotilleo que intercambias con tu vecino o vecina, amigo, compañero, etc., que
os sirve para estrechar lazos o para discrepar estableciendo un intercambio de
visiones morales del mundo, aunque sean algo superficiales.
Es decir, nos relacionamos también a
través de las historias que nos contamos unos a otros y estas relaciones son de
cohesión, de cooperación. Cuanto mayor es la cooperación y la entidad
cooperadora, más relatos hay detrás de ellas: códigos, leyes, principios,
novelas, películas, refranes, tópicos… Todos forman un gran relato, al que
podemos llamar cultura, que nos une y nos diferencia de otras entidades. Cultura
hispana, cultura anglosajona. Pero hoy en día hay un gran relato mundial que
une a la humanidad por encima de estas diferencias culturales en una red
gigantesca llamada Internet. Acabo de leer en El
País que hay cinco mil millones de personas que usan teléfono móvil. Es
decir, que usan el mismo mecanismo de comunicación con el mismo lenguaje, el
llamado lenguaje máquina (IOS o ANDROID) dos tercios de la población mundial. ¿Se puede pedir
más cohesión? Y quizás lo que más nos una son los vídeos más vistos en televisión, Facebook, Youtube, Instagram, Tik Tok, etc.
Reproduzco aquí una Charla de Harari en el TED que resume toda la teoría que expone en el libro citado después:
Bibliografía:
-Adelson, Edward H.(1995): Página web; (people/adelson.txt · Last modified: 2011/08/08 10:30 by rosenholtz) véase concretamente la siguiente dirección:
Bamberg Miliano, Andrea et all.
Cooperation and the evolution of hunter-gatherer storytelling, Nature
Comunications, 2017, web: https://www.nature.com/articles/s41467-017-02036-8,
consultado el 18 02 2019
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